Y cuando llega el dolor… (Qué ¿hacer?)

Cuando el dolor llega muchas veces sentimos que nos rompemos por dentro, sentimos un vacío en nuestro interior. Una tristeza puede invadir nuestro cuerpo y mente. Nos sentimos inquiet@s, desconcertad@s. Nuestro impulso suelo ser  huirhacer cosas, no parar, comer, beber…. Hay un miedo interno a ese dolor, una dificultad para sostenerlo. Puede ser que se nos apodere la ansiedad, los miedos, los pensamientos… Es posible también que nos dé por llorar, por buscar apoyo/consejo/ ayuda a toda costa.

Todo eso que hacemos para huir del dolor, en un principio nos puede ayudar a no desbordarnos cuando se nos hace demasiado grande poder sostener todas esas emociones de una. Sin embargo, a largo plazo nos debilita puesto que nunca acabamos aprendiendo a sostener lo doloroso, a experimentarlo y atravesarlo.

La travesía del desierto

Cuando soltamos todas esas conductas evitativas del dolor (hacer, pensar, comer, fumar u otras drogas, trabajar, incluso la misma ansiedad) empieza un momento al que llamo “La travesía del desierto”. En esta travesía aparentemente nos quedamos “sin nada”, nos puede entrar un vértigo de no saber hacia dónde vamos. Esto es así porque entramos en una zona nueva, desconocida, soltamos nuestras muletas y pseudo apoyos y afrontamos la vida tal y como nos llega. Y aquí es dónde nos encontramos con nuestras heridas emocionales, con esas situaciones que nos vienen doliendo desde hace bastante, de las que muchas veces no somos conscientes por el hecho que siempre hemos estado huyendo de ellas, de una manera u otra.

El cuerpo es el gran referente

En la travesía del desierto soltamos el distraernos con acciones pero también con pensamientos. Porque nuestros pensamientos suelen ser el arma más útil para apartarnos de nuestra experiencia, para vivirnos como estamos. Entonces si soltamos conductas y pensamientos, ¿Qué nos queda? ¿Dónde está nuestra verdadera experiencia? Como dice el subtítulo, está en el cuerpo. El cuerpo es nuestro verdadero hogar, dónde sentimos, dónde nos impacta la vida, donde nos dolemos y también dónde nos alegramos. Tan solo conectados con el cuerpo podemos vivir plenamente, en conexión con nosotros mismos, con nuestra esencia.

Amor, compasión y ternura

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En la travesía del desierto, corremos el riesgo de entrar en pánico, de tener tanto miedo que al final desistamos y prefiramos la vía fácil (aunque nos deje en el mismo punto de siempre, desconectados de nosotr@s). Por eso, necesitamos ser muy cuidadosos con nosotros mismos. Desarrollar una mirada y actitud amorosa y tierna hacia nosotros mismos y hacia lo que nos ocurre. Conectarnos con ese amor que sentimos, respirarlo, dejándolo sentir en nuestro cuerpo. Nos podemos decir frases como: “Está bien así”, “Todos sufrimos”, “Estoy contigo”. A algunas personas también les ayuda imaginarse un buen amigo, un bebé o un cachorro y notar cómo nos sentimos respecto a ese ser. Luego volcamos ese sentimiento sobre nosotros mismos y nos lo dejamos sentir.

Es importante que este amor y compasión lo apliquemos a la hora de soltar los pensamientos y conductas evitativas, ya que no se trata de quitarlos del mapa, de prohibírnoslos. Esto solo nos lleva a ser una especie de “talibanes” con nosotros mismos. La vía es dirigirnos a ellos de manera amorosa y cuidadosa, sabiendo que nos han servido, honrándolos y al mismo tiempo cuidándonos atendiéndonos a nosotros, a nuestro sentir.

Conciencia y sabiduría

Cuando estamos en nosotros, en nuestro sentir y en el cuerpo de una manera amorosa, sin forzarnos a ello, abrimos un espacio a descubrimos, a vernos a de verdad. Podemos observar nuestras heridas: ¿Cómo son? ¿De dónde vienen? ¿Para qué nos sirven? ¿Dónde nos mantienen? ¿Qué necesidades no cubiertas hay detrás? Solo con este conocimiento profundo de nosotros mismos podemos ir “iluminando” nuestra vida, viéndonos con mayor claridad. Sabiendo qué necesitamos y qué nos nutre (y qué no), qué nos mantiene en el camino del sufrimiento y qué nos lleva hacia una experiencia de mayor plenitud. Esta conciencia y sabiduría no es sólo mental, la sentimos con todo nuestro cuerpo y para que sea efectiva es necesario que nos lleve a acciones concretas: a pedir lo que necesitamos, a poner límites en cosas que no nos sientan bien, a soltar relaciones tóxicas y apartarnos de ellas, a sostener nuestro miedo e ir hacia aquello que queremos, a mostrarnos a los demás tal y como somos, etc.

LA TERNURA, CLAVE PARA EL BUEN VIVIR

Uno de los riesgos más importantes que corremos hoy en día es vivir sin un buen contacto con la ternura. Así la vida se hace insustancial, vacía, llena de confrontaciones, lucha, exigencia, crítica y un largo etcétera. De pequeños, justamente este contacto con la ternura es lo que hizo que pudiéramos crecer sanos y tener buenos vínculos con otras personas. Sin embargo, al ir protegiéndonos de nuestras heridas, cada vez nos hemos ido quedando más en la crítica, la frialdad, la dureza, el raciocinio, la distancia,…, que nos “secan” por dentro, impidiendo que vivamos una vida plena y nutritiva.

¿Qué es la ternura?

La ternura es la escucha amorosa, receptiva a uno mismo y a los demás. Es la conexión profunda con las necesidades propias y de los demás. Para mí, es como un bálsamo que me apacigua por dentro, en la que me puedo ver sin crítica, sin juzgarme. Me atiendo a mi misma y al otro con una actitud maternal, con la que me recojo y recojo al otro en lo que estoy, en lo que está. Es una actitud profundamente amorosa de tomarse a uno mismo y tomar al otro; de mirarse y aceptarse con lo que hay, con lo que necesito y con lo que tengo. La ternura es la actitud que la mayoría hemos esperado y deseado de nuestra madre, y que en mayor o menor medida, se ha visto frustrada; y de ahí nos hemos sentido heridos, manipulados, carentes,…

Siempre empieza con uno mismo

Uno de los problemas que tenemos es que esperamos que la ternura venga de fuera. Creemos que es el otro el que tiene que saciar nuestra sed de ternura y amor. Y nos pasamos así gran parte de nuestra vida anhelando que nos llenen nos calmen, nos nutran. Al mismo tiempo, nos creemos con la obligación de ser “tiernos” y amorosos con el otro, cuando con uno mismo estamos en una guerra, lucha autocrítica, etc.

No podemos ser tiernos con el otro y tomar la ternura de fuera, si no contactamos con la propia ternura interna. No podemos dar aquello que carecemos, no podemos abrirnos si estamos cerrados en banda con nuestra armadura de dureza y desconexión.

La confundimos con la ternura postiza o “Pasteleo”

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En nuestra sociedad hay poco contacto con la ternura, sin embargo hay bastante pasteleo pegajoso. A simple vista puede parecer ternura, porque pueden haber abrazos, mimos, palabras bonitas. Pero es una cosa aparente porque no hay profundidad en lo que se dice o hace. Realmente esas personas no están en contacto con su sentir sino que se simula (generalmente de manera inconsciente). Esto puede ser para ganarnos la cercanía, la confianza del otro, para que no nos critique, para hacernos cargo de la otra persona, para realmente no contactar con nuestra vulnerabilidad…. Nos convertimos en niñit@s algo “mamones” (de mamar y chupar teta) o bien en madres superprotectoras, aparentemente dadoras pero también controladoras y absorbentes. Todo esto no es de manera consciente y premeditada, así que cuando estés en una situación tierna te puede ser de gran ayuda preguntarte si de verdad lo sientes profundamente así y que motivaciones tienes para ello.

Ternura, Agresividad y poder personal

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La auténtica ternura va asociada irremediablemente con un buen contacto con la agresividad y el propio poder personal. Es decir, contacto con lo que necesito y desde ahí me muevo en la vida yendo hacia lo que me surge. Si soy tierno conmigo mismo, me doy el derecho y el espacio para ir hacia lo que quiero. Poniendo límites a lo que no quiero del otro, pidiendo lo que sí, aceptando lo que no puede ser. Una buena actitud tierna va unido a un buen posicionamiento en la vida, en la que me percibo como necesitado y también como capaz. Pensemos en cualquier ser vivo: sienten, están conectados con ellos mismos y desde ahí van moviéndose por la vida, satisfaciéndose en la medida de lo posible, teniendo en cuenta el ambiente y a ellos mismos. Dejar al otro hacer lo que quiera y aparentar ser bueno y cariñoso, no es ternura, es sumisión. Hacer lo que uno quiere, sin contacto real con la necesidad propia o del otro tiene que ver más con el capricho, con dominar, imponer y no con la agresividad y el poder.

Como contactar con ternura en el día a día

La ternura no se crea, ni se inventa, ni se hace. La ternura es el contacto auténtico y profundo con uno mismo. Por lo tanto, para vivir la vida desde ahí, lo mejor que podemos hacer es escucharnos, pararnos durante el día para respirar y dejarnos sentir, y también sentir al otro. Darnos cuenta de nuestros juicios, descalificaciones… hacia nosotros y hacia los demás; e ir poco a poco dejando de alimentarlos. La no aceptación de uno mismo, del otro nos distancia de nuestra ternura.

Sentir lo que se nos ha dado, lo que nos damos a nosotros, lo que la vida y los demás nos dan. Y también el contacto con lo que damos a los demás, a la vida.

Date cuenta también que es lo que te cierra a sentir el amor, lo suave… ahí pueden aparecer miedos, inseguridades, defensas, juicios, relaciones enquistadas con padres…

Tener un buen proceso de terapia y la meditación son a mi parecer, dos grandes vías para poder ir trabajando todo esto y vivir en contacto con la ternura, la paz, la aceptación, el amor…

Las 5 claves para pedir eficientemente

Pedir parece algo muy fácil, algunos de vosotros es posible que penséis que cualquiera puede hacerlo sin dificultad. Sin embargo, mi experiencia me dice que la mayoría de las personas tenemos serias dificultades en pedir, tanto porque nos bloqueamos y lo evitamos; o porque nos pensamos que lo estamos haciendo, cuando en realidad estamos haciendo otra cosa (que suele ser manipular al otro o a nosotros mismos). Por ello, me he animado a desarrollar los puntos básicos que entraña el pedir de una manera honesta, nutritiva y satisfactoria, tanto para uno mismo como para el otro.

Contacta con tu necesidad real y profunda

Así como la casa no se empieza por el tejado, a la hora de pedir, el primer paso es contactar con la verdadera necesidad que está reclamando ser cubierta. Para ello, puede ser útil que te pares en tu cuerpo y tu respiración, dejándote sentir desde ahí (no desde la cabeza, ni haciendo un análisis racional). La idea es que te hagas una experta en contactar con tu emoción y con la necesidad que hay detrás, y que pueden estar relacionadas con la fisiología, con la seguridad y confianza, con la estima, con la pertenencia, con el disfrute y auto-actualización, etc. Aclaro, una necesidad no es que mi pareja me abrace cuando llego de casa cansada, si no que podría ser, por ejemplo: “necesito sentirme querida, arropada” (no hay que confundir la manera de obtener una necesidad con la necesidad en sí).

Haz peticiones claras y concretas

Una vez que ya sabes lo que necesitas y has contactado bien con esa necesidad, busca que acciones concretas y posibles puedes pedir a los demás o a ti mismo para conseguir sentirte satisfecho. Y recuerda, no vale eso de decir “te pido que me muestres más cariño”, sino que lo concretes al máximo en acciones: “te pido que cuando llegue a casa, me mires y tengamos un rato para conversar antes de cenar y ver la tele”. Si no lo haces así, el otro no sabrá exactamente a qué te refieres y todo se quedará ahí en un limbo.

Muéstrate necesitad@

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¡Punto básico! No basta con hacer una petición super concreta, si no que tienes que mostrarle al otro realmente que necesitas eso. Tienes que estar conectado con tu necesidad, con tu emoción y trasmitírsela al otro desde ti. Si pretendes aparentar ser ‘fuerte, todopoderoso, autosuficiente, superwoman’… no te quejes de que no tienes lo que necesitas, si no te permites mostrar tu carencia y contactar con ella, ¡mágicamente no se va a satisfacer!. Recuerda solemos ayudar a las personas que vemos necesitadas, no a las que van de sobrados.

No exigir ni manipular

Si haces una petición y te molestas si el otro no accede a ella, es que no estás pidiendo sino exigiendo al otro que hago lo que tú deseas o necesitas. Por lo tanto, cada vez que pides has de tener en cuenta que tú te has de hacer cargo de lo que necesitas. Si el otro no está para satisfacerla, busca en otro lugar, en otra persona (quién sabe, igual en alguna ocasión esa persona incluso puedes se tú mismo). Ten en cuenta que esperar que los demás estén siempre disponibles es el anhelo del niño pequeño, de siempre ser satisfecho. Y si estás leyendo esto, me imagino que ya has pasado esa etapa.

¡El primer encargado de darte eres tú mism@!

No se trata de buscar a la desesperada alguien que pueda satisfacer tu necesidad, tú eres el principal encargado de nutrirte a ti mismo. Tú eres el encargado de tu vida, el responsable de ella. Si tú no te das a ti mismo, no conectas con tu propio amor y cuidado hacía ti, no podrás sentir el que llega de fuera. Así que cada vez que vayas a hacer una petición hacia fuera, déjate también conectar en qué puedes hacer tú por ti mismo. No es que tienes que renunciar a los demás, somos seres sociables y necesitamos al otro, y ahí cosas que sólo puedes obtener de los demás. Se trata de que el camino va de dentro a fuera, yo comienzo sintiendo y dándome, y voy mostrando fuera que necesito. Y cómo yo ya me estoy dando, mi necesidad al menos en parte, estará cubierta y no estaré desesperada y exigente contigo para que me des. Si estoy hambrienta, si mi depósito está vacío, me sentiré desesperada, pero si tengo una reserva, si me encargo de mi necesidad sentiré que no me quedo sin nada, que no dependo completa y enteramente de lo que me puedan dar fuera.

He intentado comprimir lo básico en lo referente a cómo pedir. Si te han quedado dudas recuerda que puedes contactar conmigo por correo: ympsicoterapia@yahoo.es o en mi página web: https://gestaltvalencia.com/contacto

EL MIEDO A PERDER EL CONTROL EN LAS RELACIONES

En estos tiempos que corren hoy en día, a muchos de nosotr@s nos cuesta abrir nuestro corazón, y no me refiero únicamente a relaciones de pareja, si no a cualquier relación de intimidad, dónde nos mostramos realmente cómo somos, dónde nos sentimos cercanos al otro, dónde nos vinculamos, queremos y nos dejamos querer. Observo en muchísimas personas una gran dificultad para dejarse apoyar y acompañar. Incluso personas con pareja, buen apoyo familiar y muchos amigos, en el fondo no confían realmente en poder abrirse a los demás, y controlan de manera más o menos inconsciente su estar, no dejándose ser plenamente, no compartiendo/se de manera honesta.

Soledad y dependencia emocional velada

Al no mostrarte de verdad a otras personas dejarás de tener contactos auténticos y nutritivos con otros. Al no “darte” al otro, evidentemente te estás aislando emocionalmente, teniendo únicamente contactos superficiales, en los que no te implicas, en los que no te muestras, en los que de alguna manera te mantienes al margen. Muchas personas piensan que esto es fortaleza porque “no dependen de nadie para nada”, pero en el fondo lo que consiguen es justamente todo lo contrario, sentirse más solos, desamparados, sin apoyos de verdad. Mi experiencia me corrobora que justamente así, la persona se hace mucho más dependiente, ya que al no permitirse el apoyo de los demás, se está cada vez más hambriento de él. El que está saciado necesita menos que el que apenas se nutre. Así que si eres una de esas personas que no te permites tomar de los demás, prueba a dejarte sentir como vives la dependencia, seguramente aparecerá de una manera muy intensa en alguna área de tu vida.

La intimidad requiere bajar nuestras defensas

No hay otro camino, no podemos sentirnos cerca de alguien, no podemos ser tocados y tocar con nuestra armadura incorporada. Hemos de quitarnos, aunque sea poco a poco, dicha armadura para empezar a sentir, para poder tener relaciones de verdad. En la práctica, supone por ejemplo dejar de aparentar, soltar nuestra imagen de: buen/a chic@, victima, brillante, pasota, fuerte, gener@, simpátic@, dur@, invulnerable, frágil, y así un largo etcétera. Supone también dejar de esperar que el otro adivine mi necesidad y me la cubra sin yo tener que mostrarme necesitad@.

¿Cuál es el miedo profundo?

Esta es una pregunta imprescindible a hacerse y a dejarse sentir durante una buena temporada (no para contestar en unos minutos y olvidarse de ella, que es lo que solemos hacer). ¿Tienes miedo a ser invadido, a perder tu individualidad, a ser rechazado, a ser humillado, a ser abandonado, a perder tu lugar de poder, …? Sé honesta contigo misma, mira a ver en tu historia que es lo que ha prevalecido, que es lo que has temido que ocurra al empezar a intimar con una persona o al mostrarle parte de tu intimidad. Es decir, cuando te “desnudas” emocionalmente frente al otro, ¿qué es lo que temes que ocurra?

Soltar las luchas de poder

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Si tienes miedo a soltar el control, es que de alguna manera te estás aferrando a un lugar que te resulta más cómodo (aparentemente más seguro), dónde te relacionas de manera con los demás de manera superficial, con juegos de poder que aprendiste de pequeño. Desde entonces posiblemente aprendiste que mostrándote así como eras, resultaba peligroso y tomaste ciertos papeles desde los cuales eras más aceptado por tu familia y entorno cercano. Como ejemplo, hay niños que se hacen adultos demasiado pronto, ocupando incluso el lugar de sus padres y pudiéndose convertir en hiperresponsables, espabilados, fuertes, pendientes de los demás… En algunos casos, como acabo de comentar, rechazan el papel de hijo y se ponen por encima de su padre o madre ( o de ambos). Por lo tanto, aquí la persona experimentará grandes dificultades para mostrarse emocionalmente necesitado, vulnerable; ya que esto supondría romper ese juego y situarse como alguien necesitado; es decir, dejar de ser padre/ madre y sentirse niño.

Dejándonos ser con el otro (y dejando ser al otro)

Únicamente podremos tener una vida más plena si nos vamos atreviendo a ir soltando nuestra adicción por el control en las relaciones, nuestras defensas para no ser dañado, nuestro miedo a la intimidad, a mostrarnos de verdad, a querer y ser queridos. Se trata de poder contactar con ese niño necesitado que todos tenemos, no para que los demás se encarguen de él, si no hacerlo nosotros; y para ello necesitamos también de los demás. Es decir: “yo puedo estar contigo con mi necesidad, la siento, la muestro, me encargo de ella, de satisfacerme y también de pedirte lo que necesite, y si no me lo puedes dar, busco la mejor manera para satisfacerme“. No soy esa persona invulnerable, que no necesita pero tampoco me victimizo o fragilizo, ni te infravaloro, no me creo eso de que “nadie ni nada podrá ocuparse de mi“. Si hay una ley en esta vida, es que el mundo es rico y generoso para que todos podamos satisfacer nuestras necesidades y desarrollarnos.